lunes, 28 de diciembre de 2009

Si todo es patrimonio, nada lo es

En días recientes, mi amigo, socio y padre putativo, Pedro Romero, me hizo llegar un par de artículos de Marco Negrón titulados “El odio a la metrópoli” y “¿Todo es Patrimonio?” por correo electrónico. En el segundo disertaba acerca de la providencia del Instituto del Patrimonio Cultural en la que 1.216 elementos fueron declarados bienes de interés cultural tan sólo en el municipio Libertador del Distrito Capital. Alertaba sobre el error de incluir en el mismo lote cosas de cuestionable valor con elementos de valor indiscutible, comparando la selección con un “saco de gatos”, e incluía una línea que llamó bastante mi atención: “si todo es patrimonio, el carácter distintivo de lo patrimonial se anula de suerte que entonces nada es patrimonio”.

La frase tocó un tema que ronda en mi cabeza desde hace ya algún tiempo. Eso de que "si todo es patrimonio, nada lo es", es un concepto que se ha venido extendiendo en otras áreas también. Pareciera que se tiende a imponer el criterio de "más es mejor" cuando se está tratando de distinguir valores, cuando en realidad mientras menos incluyas más distinguidos serán. Lo vemos ahora todos los años, por ejemplo, cuando la alcaldía de Maracaibo entrega la Orden de San Sebastián en un acto en extremo prolongado por la enorme cantidad de personas e instituciones premiadas. Es como si se pensara "que no nos vaya a quedar nadie por fuera", y al mismo tiempo creyeran que todos tienen que ser premiados el mismo año, como si al año siguiente (y todos los siguientes) no se fueran a entregar más premios.

 ¿Al premiado le gustará que lo metan en el mismo "saco de gatos" que metieron a otras 100 personas más?, ¿en el mismo saco que otras de dudosa valía, de evidente selección por razones otras que su valor? Vale la similitud: "si todos son distinguidos, ninguno lo es".

En el patrimonio aplica lo mismo. Ese criterio amplio, populachero y panfletero que hemos visto que priva en la selección de bienes en ese proceso llamado "censo" que ha venido realizando el IPC en años recientes (siendo el del  estado Zulia un caso sobresaliente) lejos de distinguir lo verdaderamente valioso, uniforma todo, allanando los picos que sobresalen, y crea una sensación de que "todo es patrimonio", o más bien "cualquier cosa es patrimonio", produciendo el efecto contrario al que se quiere.

Sólo hay dos niveles de declaratoria nacional, “Monumento Nacional” y “Bien de Interés Cultural”. O se selecciona con más rigor o se abren más categorías para dar cabida a los menos valiosos, pero no pones a la “Casa No. 136 de La Pastora”(1) al lado de la “Ciudad Universitaria de Caracas, sede de la Universidad Central de Venezuela”(2), sin desdecir de los valores que la primera pueda tener.

Me pregunto si de seguir instituciones como el Nobel o el Oscar estos estándares hoy en día fueran sinónimo de excelencia, si las reglas que rigen la selección en vez de estrictas e invariables fueran relajadas y acomodaticias según los tiempos, lo televisarían en los 5 continentes y sus premiados se considerarían una clase aparte.

En nuestro patrimonio hay bienes que merecen un Oscar y en la lista del censo hay muchos bienes que lo que merecen es una Orden de San Sebastián.

Arq. Federico Arribas


Anexos:

Tomado del Catálogo del Patrimonio Cultural Venezolano 2004-2007, Región Capital, Distrito Capital, Municipio Libertador

http://www.ipc.gob.ve/images/stories/mapa/RegionCapital/Caracas/Construido2.pdf






1 Casa No. 136 de La Pastora (pág. 49)



2 Ciudad Universitaria de Caracas, sede de la Universidad Central de Venezuela (pág. 61)

sábado, 26 de diciembre de 2009

¡Cónchale!

Mi familia viajaba mucho cuando era niño. Padre, madre y tres hermanos nos recorrimos la mayor parte de Venezuela en pocos años. En una de esas ocasiones, mi hermana, una adorable criatura de colitas con no más de 7 años, fue tomada por sorpresa por un policía acostado que pasamos, e interrumpiendo su discurso ante el inesperado sube-y-baja, exclamó ¡cónchale! Todos reímos después del sustico inicial, y la anécdota quedó. Tan es así que hasta la fecha los reductores de velocidad en casa son llamados cónchales.

Supongo que habrán notado que de un tiempo a esta parte, las carreteras venezolanas se han ido llenando de cónchales. En un viaje de trabajo que hice el año pasado a San Cristóbal decidí contarlos. No incluí los que tuvimos que pasar para salir de Maracaibo, sólo los de carretera. Perdí mi cuenta cuando pasaba de los 120. Recuerdo que en el viaje de regreso, Pedro, quien me acompañaba, me interrumpió para que prestara atención a la noticia que se escuchaba por la radio: habían decidido cambiar la ruta de la vuelta ciclística al Táchira debido a la abundancia de estos “policías acostados” que dificultaba sobremanera el adecuado tránsito de los ciclistas; la nueva ruta evitaba algunos de ellos.

Este año repetí el viaje en vacaciones con mi familia, y, como era de esperar y sin llegar a contarlos, tuve la sensación de que habían aumentado notablemente de número. El resto del trayecto por Los Andes venezolanos discurrió con estas mismas características. Sin tomar en cuenta las crecientes paradas por alcabalas fijas y móviles que nos obligan a realizar, viajar por nuestras carreteras se está convirtiendo en un tormento y un fastidio.

Los modelos de estos reductores de velocidad varían según su origen y el criterio del colocador. Los hay colocados por autoridades, como los de alcabalas y algunas zonas escolares, y colocados por espontáneos, como los que colocan las diversas comunidades para poder cruzar con más seguridad o vendedores para que los carros se detengan y tengan la oportunidad de vender. Los hay bajos, altos, muy altos, anchos, estrechos, enteros, rotos, regulares, irregulares, pintados y no pintados. Cabe destacar que pocos tienen aviso previo, ya sea pintado sobre la calzada o tipo chupeta al borde de la carretera, y que algunos de los avisados, son avisados muy tarde. Sobresalen en esta diversidad los que les antecede una serie de “X” pintadas en la calzada con colores varios a modo de aviso, sustituyendo el internacional rayado que todo el mundo conoce.

Dejando ahora el tono jocoso de lado, esto representa una seria amenaza a la seguridad de los que circulan por nuestras carreteras, ya sean propios o extraños, y no hablo de la palpable posibilidad de que te atraquen en una de esas paradas. La falta de aviso es grave, tanto para la fluidez del tráfico como para el control del vehículo, pudiendo ser fatal, como lo constatamos aquí en Maracaibo cuando se colocaron los de la vía al aeropuerto. La falta de diseño y la pobre escogencia de materiales son peligrosos también, para la integridad del vehículo y los pasajeros del mismo. La escogencia de los lugares para colocarlos es tal vez el peor de los peligros, pues suelen presentarse en lugares totalmente inesperados, que incluyen autopistas y largas rectas sin nada que haga pensar en la presencia de algún motivo para aminorar. Este último factor es el que lo hace más peligroso para aquellos que visitan nuestro país, especialmente si provienen de un país donde se aplica la ley y se respetan las normas.

La práctica reciente de colocación de estos elementos en nuestro país viola lo establecido en manuales, normas y estándares nacionales e internacionales sobra la materia de vialidad y tránsito terrestre, como el Manual Interamericano de Dispositivos para el control del Tránsito en Calles y Carreteras, y eso sin entrar en el tema jurídico de la cantidad de derechos que se violan y de leyes que se ignoran. Un reductor de velocidad debe colocarse en sólo una pequeña cantidad de situaciones especiales y bajo ciertos parámetros de diseño y ubicación; no es una decisión alegre que cualquiera pueda ejecutar donde quiera.

Se ha dicho que “la cantidad de reductores de velocidad en una región es directamente proporcional a nivel de incompetencia de sus gobernantes”, pues es la falta de autoridad y el clientelismo político lo que han hecho que la situación se desborde. Pero más allá de nuestros gobernantes y sus claras carencias, el tema que me preocupa es el del desprecio creciente que existe sobre el conocimiento técnico y la falta de necesidad que se siente del uso del profesional.

Ya desde hace algún tiempo gobernadores, alcaldes y otros servidores del poder ejecutivo han mostrado desdén por los planes y los proyectos, viéndolos como un obstáculo para la realización de obras. FIDES y LAEE los exigen, así que los enfocan como un mal necesario que les cuesta tiempo y dinero. Muchos son los gobernantes que se han autoerigido en urbanistas, arquitectos e ingenieros de las diferentes especialidades, poblando nuestros espacios públicos de deformaciones y aberraciones a la vista de todos. Pero más grave aún es la tendencia generalizada a pensar que dar el poder a las comunidades significa que ellos son los que deciden los aspectos técnicos de sus solicitudes. Así hemos llegado a ver asfaltados realizados antes de colocar cloacas (por el lado de lo inofensivo), cerrar vías públicas para hacer de un sector una urbanización privada (por el lado de lo perturbador), o colocar un policía acostado en una vía expresa (por el lado de lo letal). No es cierto que nadie sepa resolver mejor un problema que el que lo padece si el problema es técnico, pues se trata de resolverlo para todos, sin correr la arruga ni crear otro al hacerlo. No por nada una carrera universitaria toma 5 años cursarla, y un profesional toma aún más años en ganarse reconocimiento y reputación de competente.

Una comunidad sabe QUÉ necesita, pero no les corresponde a ellos determinar el CÓMO suministrárselo. Pretender que la comunidad sepa esto es como creer que un niño sabe lo que es mejor para él. Si usted deja que su hijo decida su menú desde los, digamos, 5 años de edad, es muy posible que muera de un infarto al miocardio a los 24. Igual sucede con nuestro sistema vial urbano e interurbano, sufriendo ya de arterioesclerosis (literalmente) por toda la tocineta y los dulces que nuestros gobernantes han dado a las comunidades para ganar su afecto, como un padre inseguro.

El profesional y el técnico son unos guías que las comunidades perfectamente pueden usar para encauzar la consecución de sus solicitudes. Así debiera ser.


Ahora, ese afán de perico de los palotes de considerarse a la par de los profesionales no es nuevo. Está asociado con ese otro mal que impera en nuestra sociedad y que se ha agudizado en estos tiempos bolivarianos: la mediocridad gana terreno. Se quiere ser tanto como el profesional sin hacer el esfuerzo para merecerlo; se quiere disfrutar de la validación que da la opinión del profesional pero sin hacerle caso.

Los gremios profesionales, inmersos en miserables disputas políticas, han guardado silencio ante el espacio y protagonismo que se les ha venido quitando, al igual que la sociedad civil que sólo alcanza a verse a sí misma como islas geográficas, y no ve que los conductores somos también una comunidad. La maldad se alimenta del silencio de los justos.

Me pregunto qué diría mi hermana, la de aquellos días, la niña inocente, en su transitar por las carreteras de nuestro país hoy en día. Muchos cónchales se oyen en nuestras carreteras, tantos que pronto dejarán de ser sorpresa para convertirse en una resignación más, tantos que hasta una gaita le hemos sacado.

No hay más técnicos que los que se gradúan. Ya está bueno, ¡cónchale!

Arq. Federico Arribas





Enlaces relacionados:
Gaita
 

martes, 8 de diciembre de 2009

¡Cagante!

Fue a principios de los ochenta, tal vez 1982, una vez que fuimos a Boconó con unas brigadas de ayuda a los damnificados que habían organizado las facultades de arquitectura de UCV y LUZ, en las que estaban involucrados Fruto Vivas y otros profesores. El rio Boconó se había desbordado unas semanas antes dejando un saldo de destrucción en toda el área, y esta era la segunda visita, para ver el progreso de las casas que se estaban construyendo. Juan y yo decimos ir pegados ahí, así como un nutrido grupo de estudiantes. Para nosotros era la primera visita, y no estábamos tan involucrados con lo que se estaba haciendo, pero fuimos tal vez por ese ánimo de participar, de estar en donde se cuecen las habas. Lo cierto es que poco después de llegar y estar presenciando monólogos de Fruto frente a una casa de estructura metálica bastante parecida a las famosas casas de INAVI, todo hay que decirlo, decidimos que aquello estaba muy fastidioso y que las montañas aledañas estaban muy apetitosas, así que nos apartamos del grupo y nos fuimos a trepar montes y explorar. Éramos unos 6 o 7, entre los que recuerdo a Chataing y a Chito, compañeros de estudio de Juan. La montaña que escogimos presentaba una curvatura en su cuesta de subida que hacía que al alcanzar cierta altura perdieras de vista el punto desde donde habíamos arrancado, y era muy empinada, tanto que nos dio mucho culillo bajar por donde nos habíamos subido. La estábamos pasando del carajo, y el sentido del riesgo alimentaba nuestras ganas de más con inyecciones de adrenalina. Buscando otro lugar por donde bajar, y después de dar muchas vueltas, finalmente conseguimos el lecho húmedo de una quebradita de caída escalonada. Los escalones nos hicieron sentir más seguros de bajar por ahí, pero no contábamos con que la humedad nos jugara quiquirigüiqui. Al ir bajando los escalones se hacían más altos y resbalosos, hasta que topamos con uno que tendría fácilmente unos cuatro metros de altura, y nos vimos obligados a hacer un alto para evaluar nuestras opciones. Decidimos bajar usando unos palos como bastones para apoyo adicional, y fuimos bajando uno por uno ante el escrutinio atento de los demás. El primero bajó bastante bien, pero resbalando y soltando piedritas mientras bajaba. Cuando el segundo resbaló más y dio varios tumbos antes de caer, nos dimos cuenta de que en verdad era peligrosa la caída, pero ya no había alternativa. Lo cierto es que con cada uno que bajaba el culillo crecía. Después de tres  cuatro, Juan reunió coraje y decidió que era su turno. Todavía desde arriba, vi como Juan poco a poco iba bajando. Estábamos muy nerviosos. El lecho se había ido desmoronando con la bajada de los anteriores, dejando menos lugares donde apoyarse y superficies más resbalosas. De pronto, Juan se quedó sin apoyo en una de las paredes del lecho, resbaló y cayó casi la caída completa dando tumbos y golpeándose con los lados; vi el palo había salir disparado a gran velocidad a varios metros de distancia, y finalmente lo atajaron abajo los que ya habían descendido. Yo había estado conteniendo la respiración, temiendo por Juan y pensado en lo que me tocaba a mí a continuación cuando, incorporándose de la caída, Juan hizo algo que no voy a olvidar jamás. Volviendo lentamente su cara hacia arriba, me miró con los ojos exageradamente abiertos y una risita nerviosa y dijo: ¡cagante!

Una sola puerta

Uno de los aspectos en que más se hace patente la forma como influye el medio en la arquitectura hoy en día es la seguridad. Mucho se ha hablado sobre esa relación de intercambio que sostiene el hecho arquitectónico y la circunstancia que lo envuelve, pero comúnmente para ilustrarlo acudimos a ejemplos del pasado, que siempre están a mano. Es un poco más difícil encontrar ejemplos en el presente, con la dinámica en pleno desarrollo, porque por lo general nos hace falta la distancia para ver claro.

Los tiempos que corren imponen sobre la arquitectura una presión tal en los aspectos de seguridad que nuestras ciudades están más allá de las rejas en las ventanas y las casas con cercas. Hoy hay villas cerradas y casas con un 100% de área de ocupación del terreno a fuerza de pérgolas o adosamientos. Hay una tendencia en curso muy patente que tal vez los estudiosos del futuro bauticen con nombres como la arquitectura del candado, o la era del miedo, si con un poco de suerte logramos salir de ella.

La gente siempre ha tomado medidas para protegerse, con frecuencia sacrificando confort en favor de tranquilidad: clausuramos una puerta aunque tengamos que dar un vueltón, o enrejamos una ventana aunque no la podamos abrir completa. La diferencia es que ahora este mismo criterio doméstico está siendo aplicado por las empresas y departamentos encargados de seguridad en las edificaciones de uso público y hasta en situaciones urbanas. Lo que antes era una elección personal, ahora es una imposición colectiva.

En una ocasión, diseñando una agencia bancaria para una reconocida firma de arquitectura en la ciudad, abordé su esquema de funcionamiento con la posibilidad de acceder a la misma desde varias direcciones, pues se encontraba en esquina y frente a una redoma con parada de transporte público. Era uno de mis primeros trabajos y sentía especial orgullo en la forma cómo lo había resuelto. Después de pasar por todas las instancias de aprobación por parte del cliente, incluido el directorio, el diseño debía pasar por una última inspección, la del departamento de seguridad del banco. Regresaron el diseño con una sola modificación: tacharon todas las puertas menos una. Cuando se les pidió explicación, dijeron que para poder garantizar la seguridad requerían que hubiera una sola entrada y una sola salida para el público en la edificación.

Con los años he logrado sobreponerme al estupor para poder analizarlo, pues no se trata de que de haberlo sabido desde un principio, la edificación hubiera sido diseñada de otra manera, y ahora, ya tarde, iba a tener que construirse con esa formalización castrada dejando en duda la capacidad del arquitecto; no, el tema es que supeditar el funcionamiento del edificio al criterio de seguridad de un departamento es una aberración, pues desfigura la razón de ser de la edificación.

De acuerdo, tal vez el banco no es el mejor ejemplo, pero este tipo de situaciones lo encontramos repetido en supermercados, oficinas públicas, clínicas y hospitales, etc., en cuyos casos es aún más grave, pues la seguridad se establece posteriormente, cuando ya el hecho arquitectónico está consumado, y es por eso que constantemente nos encontramos con grandes puertas clausuradas por donde podría pasar un generoso caudal de personas, y nos vemos forzados a apretujarnos por una sola puerta y maldecir. De hecho, la gente suele dar con soluciones de puro sentido común a su molestia: ¿por qué no abren esa puerta? Estas situaciones, repetidas día a día, nos restan calidad de vida, y esas edificaciones con destacados diseños de accesos que se encuentran sin uso, le restan calidad a nuestros espacios públicos. ¿Es más seguro un edifico con sus puertas cerradas, aquellas que fueron diseñadas en función de su aforo? Tal vez los bomberos tengan algo que decir al respecto, pues la seguridad tiene más de una cara, sobre todo cuando este criterio se utiliza en cines, salas de conciertos y estadios.

La vertiente más grave de esta tendencia es la de los accesos a los estacionamientos y a complejos urbanísticos, pues aquí el mal incluye al vehículo. Yo viví en el Conjunto Residencial Palaima, donde el acceso de atrás, que era una buena solución para los que veníamos del sur, permanecía cerrado, obligándonos a dar una vuelta adicional para entrar. Lo mismo hemos vivido por mucho tiempo con la ciudad universitaria de LUZ, con tres accesos cerrados, aún más grave porque la vuelta es aún mayor y porque la cantidad de vehículos que se concentra en las pocas salidas y accesos genera un gran impacto al tránsito. O en su núcleo técnico, donde el acceso de Cecilio Acosta permanece cerrado, forzando el tráfico hacia una vía local. O los grandes nuevos centros comerciales, una que otra clínica, conjuntos residenciales y pare de contar. El epítome de ello es la ordenanza que permite cerrar calles para convertir urbanizaciones en villas cerradas con un solo acceso, dejando vías públicas para uso de unos pocos y mutilando a pedazos el sistema vial urbano, disminuyendo las alternativas de circulación y produciendo congestionamiento en otros puntos. A veces en Maracaibo somos pioneros de cosas poco mostrables.

Esto no nos sería tan difícil de entender si no hubiéramos visto buenas soluciones de seguridad a múltiples accesos y salidas, tanto en el país como en el exterior. Entras por un lado y sales por otro, con el mismo sistema de ticket, y la seguridad funciona. O sea, que sí se puede; entonces, ¿por qué no? En el caso de Palaima, era una cuestión de presupuesto; sencillamente el condominio no tenía suficiente para pagar dos vigilantes. ¿Es ese el caso siempre?, y si es así, ¿las razones económicas de unos pocos justifican la molestia del colectivo? Tal vez ese sea un tema a regular por parte de las municipalidades. Y en las edificaciones, ¿es más rentable gastar menos en seguridad que el confort de los usuarios?

Si la inseguridad, al decir de un sociólogo amigo, se trata más de una sensación que de hechos tangibles, pienso que las medidas que conducen a hacer más obvios los mecanismos de seguridad al usuario contribuyen a acrecentar la sensación de inseguridad, y que esto, tal vez de una manera inconsciente, tal vez no, es la razón que hay detrás de las políticas de seguridad actuales, para asegurar su necesidad. El miedo es rentable.

El hecho arquitectónico y su circunstancia deberían mantener una relación simbiótica, pero si la circunstancia se impone por los motivos equivocados, se convierte en una relación parásita.

Si a mí me preguntaran, diría que es el esquema de seguridad el que tiene que diseñarse adaptado al esquema funcional de la edificación o del conjunto, y no al revés. Si a mí me preguntaran, diría que la seguridad de un edificio o conjunto debería ser lo menos conspicua posible, para no intimidar a sus usuarios. Si hubiera una empresa de seguridad que ofreciera estas como sus ventajas competitivas, yo la contrataría, pues así, además de ofrecer seguridad, no generaría incomodidades al usuario.

Cerrar puertas no es lo que nos va a hacer sentir mejor, sino abrirlas.

Arq. Federico Arribas