Mi familia viajaba mucho cuando era niño. Padre, madre y tres hermanos nos recorrimos la mayor parte de Venezuela en pocos años. En una de esas ocasiones, mi hermana, una adorable criatura de colitas con no más de 7 años, fue tomada por sorpresa por un policía acostado que pasamos, e interrumpiendo su discurso ante el inesperado sube-y-baja, exclamó ¡cónchale! Todos reímos después del sustico inicial, y la anécdota quedó. Tan es así que hasta la fecha los reductores de velocidad en casa son llamados cónchales.
Supongo que habrán notado que de un tiempo a esta parte, las carreteras venezolanas se han ido llenando de cónchales. En un viaje de trabajo que hice el año pasado a San Cristóbal decidí contarlos. No incluí los que tuvimos que pasar para salir de Maracaibo, sólo los de carretera. Perdí mi cuenta cuando pasaba de los 120. Recuerdo que en el viaje de regreso, Pedro, quien me acompañaba, me interrumpió para que prestara atención a la noticia que se escuchaba por la radio: habían decidido cambiar la ruta de la vuelta ciclística al Táchira debido a la abundancia de estos “policías acostados” que dificultaba sobremanera el adecuado tránsito de los ciclistas; la nueva ruta evitaba algunos de ellos.
Este año repetí el viaje en vacaciones con mi familia, y, como era de esperar y sin llegar a contarlos, tuve la sensación de que habían aumentado notablemente de número. El resto del trayecto por Los Andes venezolanos discurrió con estas mismas características. Sin tomar en cuenta las crecientes paradas por alcabalas fijas y móviles que nos obligan a realizar, viajar por nuestras carreteras se está convirtiendo en un tormento y un fastidio.
Los modelos de estos reductores de velocidad varían según su origen y el criterio del colocador. Los hay colocados por autoridades, como los de alcabalas y algunas zonas escolares, y colocados por espontáneos, como los que colocan las diversas comunidades para poder cruzar con más seguridad o vendedores para que los carros se detengan y tengan la oportunidad de vender. Los hay bajos, altos, muy altos, anchos, estrechos, enteros, rotos, regulares, irregulares, pintados y no pintados. Cabe destacar que pocos tienen aviso previo, ya sea pintado sobre la calzada o tipo chupeta al borde de la carretera, y que algunos de los avisados, son avisados muy tarde. Sobresalen en esta diversidad los que les antecede una serie de “X” pintadas en la calzada con colores varios a modo de aviso, sustituyendo el internacional rayado que todo el mundo conoce.
Dejando ahora el tono jocoso de lado, esto representa una seria amenaza a la seguridad de los que circulan por nuestras carreteras, ya sean propios o extraños, y no hablo de la palpable posibilidad de que te atraquen en una de esas paradas. La falta de aviso es grave, tanto para la fluidez del tráfico como para el control del vehículo, pudiendo ser fatal, como lo constatamos aquí en Maracaibo cuando se colocaron los de la vía al aeropuerto. La falta de diseño y la pobre escogencia de materiales son peligrosos también, para la integridad del vehículo y los pasajeros del mismo. La escogencia de los lugares para colocarlos es tal vez el peor de los peligros, pues suelen presentarse en lugares totalmente inesperados, que incluyen autopistas y largas rectas sin nada que haga pensar en la presencia de algún motivo para aminorar. Este último factor es el que lo hace más peligroso para aquellos que visitan nuestro país, especialmente si provienen de un país donde se aplica la ley y se respetan las normas.
La práctica reciente de colocación de estos elementos en nuestro país viola lo establecido en manuales, normas y estándares nacionales e internacionales sobra la materia de vialidad y tránsito terrestre, como el Manual Interamericano de Dispositivos para el control del Tránsito en Calles y Carreteras, y eso sin entrar en el tema jurídico de la cantidad de derechos que se violan y de leyes que se ignoran. Un reductor de velocidad debe colocarse en sólo una pequeña cantidad de situaciones especiales y bajo ciertos parámetros de diseño y ubicación; no es una decisión alegre que cualquiera pueda ejecutar donde quiera.
Se ha dicho que “la cantidad de reductores de velocidad en una región es directamente proporcional a nivel de incompetencia de sus gobernantes”, pues es la falta de autoridad y el clientelismo político lo que han hecho que la situación se desborde. Pero más allá de nuestros gobernantes y sus claras carencias, el tema que me preocupa es el del desprecio creciente que existe sobre el conocimiento técnico y la falta de necesidad que se siente del uso del profesional.
Ya desde hace algún tiempo gobernadores, alcaldes y otros servidores del poder ejecutivo han mostrado desdén por los planes y los proyectos, viéndolos como un obstáculo para la realización de obras. FIDES y LAEE los exigen, así que los enfocan como un mal necesario que les cuesta tiempo y dinero. Muchos son los gobernantes que se han autoerigido en urbanistas, arquitectos e ingenieros de las diferentes especialidades, poblando nuestros espacios públicos de deformaciones y aberraciones a la vista de todos. Pero más grave aún es la tendencia generalizada a pensar que dar el poder a las comunidades significa que ellos son los que deciden los aspectos técnicos de sus solicitudes. Así hemos llegado a ver asfaltados realizados antes de colocar cloacas (por el lado de lo inofensivo), cerrar vías públicas para hacer de un sector una urbanización privada (por el lado de lo perturbador), o colocar un policía acostado en una vía expresa (por el lado de lo letal). No es cierto que nadie sepa resolver mejor un problema que el que lo padece si el problema es técnico, pues se trata de resolverlo para todos, sin correr la arruga ni crear otro al hacerlo. No por nada una carrera universitaria toma 5 años cursarla, y un profesional toma aún más años en ganarse reconocimiento y reputación de competente.
Una comunidad sabe QUÉ necesita, pero no les corresponde a ellos determinar el CÓMO suministrárselo. Pretender que la comunidad sepa esto es como creer que un niño sabe lo que es mejor para él. Si usted deja que su hijo decida su menú desde los, digamos, 5 años de edad, es muy posible que muera de un infarto al miocardio a los 24. Igual sucede con nuestro sistema vial urbano e interurbano, sufriendo ya de arterioesclerosis (literalmente) por toda la tocineta y los dulces que nuestros gobernantes han dado a las comunidades para ganar su afecto, como un padre inseguro.
El profesional y el técnico son unos guías que las comunidades perfectamente pueden usar para encauzar la consecución de sus solicitudes. Así debiera ser.
Ahora, ese afán de perico de los palotes de considerarse a la par de los profesionales no es nuevo. Está asociado con ese otro mal que impera en nuestra sociedad y que se ha agudizado en estos tiempos bolivarianos: la mediocridad gana terreno. Se quiere ser tanto como el profesional sin hacer el esfuerzo para merecerlo; se quiere disfrutar de la validación que da la opinión del profesional pero sin hacerle caso.
Los gremios profesionales, inmersos en miserables disputas políticas, han guardado silencio ante el espacio y protagonismo que se les ha venido quitando, al igual que la sociedad civil que sólo alcanza a verse a sí misma como islas geográficas, y no ve que los conductores somos también una comunidad. La maldad se alimenta del silencio de los justos.
Me pregunto qué diría mi hermana, la de aquellos días, la niña inocente, en su transitar por las carreteras de nuestro país hoy en día. Muchos cónchales se oyen en nuestras carreteras, tantos que pronto dejarán de ser sorpresa para convertirse en una resignación más, tantos que hasta una gaita le hemos sacado.
No hay más técnicos que los que se gradúan. Ya está bueno, ¡cónchale!
Arq. Federico Arribas
Enlaces relacionados:
Prensa
http://diariodelosandes.com/content/view/61697/105696/
http://www.aporrea.org/actualidad/a88515.html
http://www.elinformador.com.ve/impresas/lara/cabudare/aqui-policias-acostados-sino-sargentos-barrigones/3435
Gaita

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