Fue a principios de los ochenta, tal vez 1982, una vez que fuimos a Boconó con unas brigadas de ayuda a los damnificados que habían organizado las facultades de arquitectura de UCV y LUZ, en las que estaban involucrados Fruto Vivas y otros profesores. El rio Boconó se había desbordado unas semanas antes dejando un saldo de destrucción en toda el área, y esta era la segunda visita, para ver el progreso de las casas que se estaban construyendo. Juan y yo decimos ir pegados ahí, así como un nutrido grupo de estudiantes. Para nosotros era la primera visita, y no estábamos tan involucrados con lo que se estaba haciendo, pero fuimos tal vez por ese ánimo de participar, de estar en donde se cuecen las habas. Lo cierto es que poco después de llegar y estar presenciando monólogos de Fruto frente a una casa de estructura metálica bastante parecida a las famosas casas de INAVI, todo hay que decirlo, decidimos que aquello estaba muy fastidioso y que las montañas aledañas estaban muy apetitosas, así que nos apartamos del grupo y nos fuimos a trepar montes y explorar. Éramos unos 6 o 7, entre los que recuerdo a Chataing y a Chito, compañeros de estudio de Juan. La montaña que escogimos presentaba una curvatura en su cuesta de subida que hacía que al alcanzar cierta altura perdieras de vista el punto desde donde habíamos arrancado, y era muy empinada, tanto que nos dio mucho culillo bajar por donde nos habíamos subido. La estábamos pasando del carajo, y el sentido del riesgo alimentaba nuestras ganas de más con inyecciones de adrenalina. Buscando otro lugar por donde bajar, y después de dar muchas vueltas, finalmente conseguimos el lecho húmedo de una quebradita de caída escalonada. Los escalones nos hicieron sentir más seguros de bajar por ahí, pero no contábamos con que la humedad nos jugara quiquirigüiqui. Al ir bajando los escalones se hacían más altos y resbalosos, hasta que topamos con uno que tendría fácilmente unos cuatro metros de altura, y nos vimos obligados a hacer un alto para evaluar nuestras opciones. Decidimos bajar usando unos palos como bastones para apoyo adicional, y fuimos bajando uno por uno ante el escrutinio atento de los demás. El primero bajó bastante bien, pero resbalando y soltando piedritas mientras bajaba. Cuando el segundo resbaló más y dio varios tumbos antes de caer, nos dimos cuenta de que en verdad era peligrosa la caída, pero ya no había alternativa. Lo cierto es que con cada uno que bajaba el culillo crecía. Después de tres cuatro, Juan reunió coraje y decidió que era su turno. Todavía desde arriba, vi como Juan poco a poco iba bajando. Estábamos muy nerviosos. El lecho se había ido desmoronando con la bajada de los anteriores, dejando menos lugares donde apoyarse y superficies más resbalosas. De pronto, Juan se quedó sin apoyo en una de las paredes del lecho, resbaló y cayó casi la caída completa dando tumbos y golpeándose con los lados; vi el palo había salir disparado a gran velocidad a varios metros de distancia, y finalmente lo atajaron abajo los que ya habían descendido. Yo había estado conteniendo la respiración, temiendo por Juan y pensado en lo que me tocaba a mí a continuación cuando, incorporándose de la caída, Juan hizo algo que no voy a olvidar jamás. Volviendo lentamente su cara hacia arriba, me miró con los ojos exageradamente abiertos y una risita nerviosa y dijo: ¡cagante!
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Rico recuerdo. El compañero se llamaba CHATLEIN, no Chataing. No he vuelto a ver ese apellido jamás.
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