Uno de los aspectos en que más se hace patente la forma como influye el medio en la arquitectura hoy en día es la seguridad. Mucho se ha hablado sobre esa relación de intercambio que sostiene el hecho arquitectónico y la circunstancia que lo envuelve, pero comúnmente para ilustrarlo acudimos a ejemplos del pasado, que siempre están a mano. Es un poco más difícil encontrar ejemplos en el presente, con la dinámica en pleno desarrollo, porque por lo general nos hace falta la distancia para ver claro.
Los tiempos que corren imponen sobre la arquitectura una presión tal en los aspectos de seguridad que nuestras ciudades están más allá de las rejas en las ventanas y las casas con cercas. Hoy hay villas cerradas y casas con un 100% de área de ocupación del terreno a fuerza de pérgolas o adosamientos. Hay una tendencia en curso muy patente que tal vez los estudiosos del futuro bauticen con nombres como la arquitectura del candado, o la era del miedo, si con un poco de suerte logramos salir de ella.
La gente siempre ha tomado medidas para protegerse, con frecuencia sacrificando confort en favor de tranquilidad: clausuramos una puerta aunque tengamos que dar un vueltón, o enrejamos una ventana aunque no la podamos abrir completa. La diferencia es que ahora este mismo criterio doméstico está siendo aplicado por las empresas y departamentos encargados de seguridad en las edificaciones de uso público y hasta en situaciones urbanas. Lo que antes era una elección personal, ahora es una imposición colectiva.
En una ocasión, diseñando una agencia bancaria para una reconocida firma de arquitectura en la ciudad, abordé su esquema de funcionamiento con la posibilidad de acceder a la misma desde varias direcciones, pues se encontraba en esquina y frente a una redoma con parada de transporte público. Era uno de mis primeros trabajos y sentía especial orgullo en la forma cómo lo había resuelto. Después de pasar por todas las instancias de aprobación por parte del cliente, incluido el directorio, el diseño debía pasar por una última inspección, la del departamento de seguridad del banco. Regresaron el diseño con una sola modificación: tacharon todas las puertas menos una. Cuando se les pidió explicación, dijeron que para poder garantizar la seguridad requerían que hubiera una sola entrada y una sola salida para el público en la edificación.
Con los años he logrado sobreponerme al estupor para poder analizarlo, pues no se trata de que de haberlo sabido desde un principio, la edificación hubiera sido diseñada de otra manera, y ahora, ya tarde, iba a tener que construirse con esa formalización castrada dejando en duda la capacidad del arquitecto; no, el tema es que supeditar el funcionamiento del edificio al criterio de seguridad de un departamento es una aberración, pues desfigura la razón de ser de la edificación.
De acuerdo, tal vez el banco no es el mejor ejemplo, pero este tipo de situaciones lo encontramos repetido en supermercados, oficinas públicas, clínicas y hospitales, etc., en cuyos casos es aún más grave, pues la seguridad se establece posteriormente, cuando ya el hecho arquitectónico está consumado, y es por eso que constantemente nos encontramos con grandes puertas clausuradas por donde podría pasar un generoso caudal de personas, y nos vemos forzados a apretujarnos por una sola puerta y maldecir. De hecho, la gente suele dar con soluciones de puro sentido común a su molestia: ¿por qué no abren esa puerta? Estas situaciones, repetidas día a día, nos restan calidad de vida, y esas edificaciones con destacados diseños de accesos que se encuentran sin uso, le restan calidad a nuestros espacios públicos. ¿Es más seguro un edifico con sus puertas cerradas, aquellas que fueron diseñadas en función de su aforo? Tal vez los bomberos tengan algo que decir al respecto, pues la seguridad tiene más de una cara, sobre todo cuando este criterio se utiliza en cines, salas de conciertos y estadios.
La vertiente más grave de esta tendencia es la de los accesos a los estacionamientos y a complejos urbanísticos, pues aquí el mal incluye al vehículo. Yo viví en el Conjunto Residencial Palaima, donde el acceso de atrás, que era una buena solución para los que veníamos del sur, permanecía cerrado, obligándonos a dar una vuelta adicional para entrar. Lo mismo hemos vivido por mucho tiempo con la ciudad universitaria de LUZ, con tres accesos cerrados, aún más grave porque la vuelta es aún mayor y porque la cantidad de vehículos que se concentra en las pocas salidas y accesos genera un gran impacto al tránsito. O en su núcleo técnico, donde el acceso de Cecilio Acosta permanece cerrado, forzando el tráfico hacia una vía local. O los grandes nuevos centros comerciales, una que otra clínica, conjuntos residenciales y pare de contar. El epítome de ello es la ordenanza que permite cerrar calles para convertir urbanizaciones en villas cerradas con un solo acceso, dejando vías públicas para uso de unos pocos y mutilando a pedazos el sistema vial urbano, disminuyendo las alternativas de circulación y produciendo congestionamiento en otros puntos. A veces en Maracaibo somos pioneros de cosas poco mostrables.
Esto no nos sería tan difícil de entender si no hubiéramos visto buenas soluciones de seguridad a múltiples accesos y salidas, tanto en el país como en el exterior. Entras por un lado y sales por otro, con el mismo sistema de ticket, y la seguridad funciona. O sea, que sí se puede; entonces, ¿por qué no? En el caso de Palaima, era una cuestión de presupuesto; sencillamente el condominio no tenía suficiente para pagar dos vigilantes. ¿Es ese el caso siempre?, y si es así, ¿las razones económicas de unos pocos justifican la molestia del colectivo? Tal vez ese sea un tema a regular por parte de las municipalidades. Y en las edificaciones, ¿es más rentable gastar menos en seguridad que el confort de los usuarios?
Si la inseguridad, al decir de un sociólogo amigo, se trata más de una sensación que de hechos tangibles, pienso que las medidas que conducen a hacer más obvios los mecanismos de seguridad al usuario contribuyen a acrecentar la sensación de inseguridad, y que esto, tal vez de una manera inconsciente, tal vez no, es la razón que hay detrás de las políticas de seguridad actuales, para asegurar su necesidad. El miedo es rentable.
El hecho arquitectónico y su circunstancia deberían mantener una relación simbiótica, pero si la circunstancia se impone por los motivos equivocados, se convierte en una relación parásita.
Si a mí me preguntaran, diría que es el esquema de seguridad el que tiene que diseñarse adaptado al esquema funcional de la edificación o del conjunto, y no al revés. Si a mí me preguntaran, diría que la seguridad de un edificio o conjunto debería ser lo menos conspicua posible, para no intimidar a sus usuarios. Si hubiera una empresa de seguridad que ofreciera estas como sus ventajas competitivas, yo la contrataría, pues así, además de ofrecer seguridad, no generaría incomodidades al usuario.
Cerrar puertas no es lo que nos va a hacer sentir mejor, sino abrirlas.
Arq. Federico Arribas

Freddy.. Me imagino debe ser un karma diseñar ambientes en "espacios con miedo", mientras que el arquitecto se hace artista cuando la unica limitacion es su imaginacion,
ResponderEliminarSiempre me hice esa pregunta de los edificios en Caracas, valencia y Maracaibo, que muchos parecian mas barracas verticales que espacios para vivir.
Muchas gracias por el pod. Te sigo
Abrazos
Gerardo
Que te puedo decir? Cuando quitaron la vigilancia de mi urbanizacion ($$$) puse multilock en todas las puertas (y, por cierto, tambien tapie una entrada!!!), los ladrones entraron por la ventana...
ResponderEliminarVivimos en espacios de miedo como dice Gerardo, dentro y fuera de nuestras 'casas-carcel'... el problema es mucho mas profundo...
Felicitaciones por tu iniciativa, espero que obtengas muchas satisfacciones de ella... :)
Gerardo, sí, el ejercicio de la profesión se ve afectado, pero el peor efecto es sobre la ciudad y nuestra calidad de vida.
ResponderEliminarAbrazos.
Federico